Reflexiones de cara al Ironman de Frankfurt

Después de muchos meses preparándolo, este domingo correré por fin el Ironman de Frankfurt (otra vez). En total serán dos años desde la última vez que me puse un dorsal para hacer un Ironman (Zurich 2015). Dos años después, miro hacia atrás y son muchas las reflexiones que me vienen a la cabeza. Intentaré recapitular un poco.

2014 fue mi mejor año deportivo. Junto a mi entrenador y amigo Ivan hice una preparación muy intensa y pegué un salto de calidad, acabando el Ironman de Frankfurt en 10h44′ y tres meses después el de Barcelona en 10h13′. Después de eso fui cuesta abajo y sin frenos. Agotado por el intenso año, me dediqué en cuerpo y alma a acabar mi tesis doctoral y dejé bastante de lado el deporte. Aún así, me inscribí al Ironman de Zurich 2015 y me prometí llegar fuerte.

Maratón de Frankfurt 2014, donde Ivan y yo pudimos correr juntos durante 12kms

En marzo del 2015 llegó mi némesis. Empecé a escribir la tesis doctoral, que me llevó siete meses de árduo trabajo. Empecé a obsesionarme con el trabajo y a despreocuparme del entreno. Eso me llevó a coger peso y a deprimirme, que me hizo comer aún más y entrenar menos. Entré en un ciclo destructivo del que Ivan me sacó con una colleja en mayo, dándome la motivación necesaria para bajar unos kilos y hacer un plan exprés de cara a julio. Finalmente hice Zurich en 12h largas. De ahí en adelante la cosa empeoró. Durante el verano de 2015 acabé de escribir la tesis y la propuesta para la beca por la que hoy estoy en Oxford. Trabajé muchas, muchísimas horas y entrené cero. Volví a coger peso y a autodestruirme. En octubre deposité mi tesis doctoral y me apunté al Ironman de Austria 2016.

En febrero del 2016 defendí la tesis y me convertí en doctor. En enero me concedieron la beca y me comunicaron que empezaría a trabajar en Oxford en junio, por lo que descarté participar en Austria. Sin objetivo, sin motivación y pasado de peso, los ingredientes para el desastre estaban servidos. Nos mudamos a Oxford y me centré aún más en el trabajo. A eso se sumó la tristeza de estar solos en un país extraño y la falta de mis compañeros de entrenos, lo que me hizo autodestruirme aún más.

2 de febrero del 2016, el día de mi defensa de tesis doctoral.

En agosto del 2016 acabé plantándome en más de 100 kilos y en mi peor estado de forma desde 2011. Gordo y desmotivado, Ivan me rescató una vez más y en agosto empecé a entrenar y me apunté al Ironman de Frankfurt. A partir de ahí no fue nada fácil. Me resultaba muy difícil encontrar la motivación necesaria para pasar hambre y entrenar. No tenía con quién compartir entrenos y recibir ese feedback positivo que nos engancha en la rueda. Nadie se daría cuenta si no entrenaba, nadie tiraría de mí. Las salidas en bici eran en solitario, nadaba a pies de nadie y sufría solo haciendo las series a pie. A veces me automotivaba pensando en ponerme fuerte para entrenar junto a mis compañeros cuando volviese a casa, pero todavía faltaba mucho para eso! Los siguientes meses fueron una montaña rusa. En ocasiones encontraba motivación para entrenar tres semanas seguidas y luego me desmotivaba y paraba otras dos. Luego entrenaba una semana, paraba cinco días, etc.

Junio del 2016, cuando me planté en más de 100 kilos.

Junio del 2016, cuando me planté en más de 100 kilos.

En enero falleció mi padre y me acabé de deprimir. En los meses venideros no me di cuenta, pero estuve muy amargado. Todo era una mierda. Fui trampeando como pude y finalmente me planté en marzo del 2017 con 109 kilos. Ahí decidí que ya había tocado fondo y decidí ponerme las pilas. Me puse a dieta estricta y a respetar los entrenos de Ivan como si fueran la palabra del Señor. Ya no me importaba tanto entrenar solo, me había acostumbrado a ello. Solo me veía a mí mismo cruzando la línea de meta. Afronté las largas salidas de bici a -5ºC granizando con ilusión. Corría bajo la nieve sin importarme y nadaba en solitario aprenciándolo más que nunca, pensando solo en los 3800 que me esperaban. Simplemente decidí que esa era la actitud que quería tener para poder lograr mi objetivo: volver al ruedo.

Acumulación de entrenos desde agosto del 2016 hasta ahora. Irregular, pero finalmente suficiente.

Con el tiempo el frío remitió y el clima británico empezó a respetar un poco las salidas en bici. Todo se hizo un poco más fácil y me permitió entrenar aún mejor y motivarme más. Hoy, a seis días del Ironman, miro atrás y me siento bien por haber salido por fin del agujero. Quizá no ha sido mi mejor preparación, pero es de la que más orgulloso me siento. Con 20 kilos menos que hace seis meses, me siento feliz por estar a seis días de volver a sentirme como me sentí otras veces y tener la oportunidad de cruzar ese arco de meta que me hace saltar las lágrimas. Pase lo que pase y sea cual sea el resultado, prometo saborear ese día y disfrutarlo como el primero.

Ah, y por cierto… no vuelvo a prepararme un Ironman en UK. Palabrita, jaja!

Nos vemos en Frankfurt!!!

El ser desnaturalizado

Esta mañana, mientras desayunaba y hacía algo de zapping, pensaba en las largas horas de trabajo que tenía por delante. Quiso la casualidad que ese zapping me llevase a caer en un documental sobre la cabra montesa. En él se veían a dos personas en la alta montaña, estudiando los movimientos de un grupo de cabras. Y de repente, la paz me sobrevino.

Ese paisaje silencioso, de verdes tonalidades, donde lo más que se oía era el grito de un cabrón dominante (y me refiero a las cabras), me cautivó. De repente sentí paz. Me sentí de nuevo como en casa, como si el lugar apropiado fuera ese y no otro: la montaña. O, siendo un poco más abstractos, la naturaleza. Y es que, me dije, ¿a caso no es de ahí de donde venimos? donde estamos hechos para estar? No pude evitar llevarme (metafóricamente) las manos a la cabeza y reflexionar sobre lo que le hemos hecho al mundo y a nosotros mismos, como sociedad y como especie.

Y es que, a grandes rasgos, los seres humanos somos la única especie que ha renunciado a su naturaleza. Hemos olvidado quienes somos y de donde venimos. Hemos renunciado al hábitat en el cual evolucionamos y donde nos hicimos quienes somos. Hemos renunciado a vivir pisando la hierba y trepando montañas. A pararnos de vez en cuando y mirar al cielo. A ver las estrellas. Hemos renunciado a nuestro yo más primario. Al más natural.

La tecnología nos ha permitido olvidar los problemas más básicos de cualquier otro ser vivo, como el acceso a la comida y un refugio caliente donde dormir. Pero hemos creado nuevos problemas. El estrés. Las facturas. Vivir en modo automático, con un cerebro errante que no siente ni padece. Dedicar la mayor parte de nuestras vidas a trabajar para que otra persona sea rica. Vivir en bloques de cemento en medio de grandes urbes donde imaginas la naturaleza en los parques. Comer porquería creada por grandes corporaciones cuyo único objetivo es maximizar beneficios, frecuentemente a costa de nuestra salud.

Vivimos una realidad artificial que hemos aceptado como natural. Porque nos educaron para aceptarla. La mayoría del tiempo vivimos sin cuestionarnos por qué las cosas son como son y si podrían ser de otra manera. Simplemente nos limitamos a vivir. Un día más, y mañana otro. Y después otro, esperando al fin de semana, cuando por fin, por un breve espacio de tiempo, con suerte podremos ser nosotros mismos. Quizá saliendo a correr un rato, entrando en contacto con nuestro yo más primitivo, o quizá bebiendo como si no hubiera mañana para olvidar nuestra rutina, esa muerte silenciosa. Pero… ¿es esta nuestra realidad natural?

No. Para nada. Durante miles de años evolucionamos en las cuevas, en los bosques, en las montañas, en armonía con la naturaleza. Nos hicimos tal y como somos para sobrevivir a una existencia más sencilla. Estamos hechos para ver el Sol, la luna y las estrellas. Estamos hechos para movernos, para buscar nuestra propia comida y hacer nuestros propios refugios. Pero hace relativamente poco, muy poco, dejamos los bosques y nos agrupamos en aldeas. Y luego creamos las ciudades. Creamos esta sociedad en donde ya no nos preocupamos del calor o del frío. Ahora nos preocupamos de llegar a fin de mes, de pagar el alquiler y de tener dinero para ser felices de vez en cuando. Como bien dijeron en “El Club de la Lucha”, “tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos”. Esa es la gran desgracia de nuestra sociedad. El vivir de manera automática, repitiendo los mismos patrones que nuestros padres, porque nos enseñaron que la vida es esto. Estudiar, trabajar y sacar adelante unos hijos a los que educas para vivir tu misma realidad. Y a su vez, tus hijos le enseñarán a tus nietos lo mismo que tú les enseñaste a ellos con tu mejor intención.

Pero, con estas reflexiones no pretendo que nadie abandone su vida en la ciudad y se recoja en los bosques a vivir de bayas y frutos secos. No pretendo ni siquiera que lo dejéis todo y os mudéis a un pueblo a tener una vida más sencilla. No sería realista ni siquiera plantearlo. Solo me gustaría que, cuando los problemas se os agolpen en la puerta, cuando tengáis miedo porque vuestra vida en esta sociedad no está funcionando como os han dicho que ha de funcionar, os plantéis. Plantaos y recordad que todos los problemas que tanto os preocupan, en realidad no son nada. Son problemas artificiales que surgen de una realidad artificial. Tomémosnos las cosas de otra manera. Intentemos entrar en contacto con nuestro yo más primario más a menudo. Vamos a vivir, vamos a movernos, a ver los árboles, a caminar por los bosques. Démosle importancia a las cosas que tienen importancia. A ser felices con las cosas más sencillas. A ser más humanos.